Inquisición

Pregunto humildemente, sin reproche,
con ánimo ignorante que no sabio,
por causa de qué falta o de qué agravio
fui confinado a esta profunda noche.

La gloria que a mi vida fue derroche,
que nunca, avaro, desmintió mi labio
fue tronchada, dejándome un resabio
de amargo desengaño como broche.

El llanto que mis horas encarcela
escaso juzgo por el bien perdido,
pues no hay mal ni castigo aborrecido

que pueda ya dañarme, o que me duela.
¡Es su ausencia rigor que el alma asuela
y del pecho un gemir, cada latido!

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