Queja

No temas a la muerte; más no esperes
amante torvo de vacías cuencas,
que nada puede dar el que no tiene
sangre que hierve, en agitadas venas.

¿Por qué cambiar de lecho? ¿Por qué quieres
fría yacija de compacta greda…
y desprecias el otro donde puedes
saber la dicha de cien mil promesas?

¡Oh voluble mujer! ¿Cómo prefieres
a los encantos de una dicha eterna,
rendir el alma al amargor que hiere,
que sangra, que destruye, que lacera?

¡Basta por Dios!, no invoques a la muerte
y sigue caminando así, a mi vera.

A ti mi bien adorado, como un rezongo de celos.

Firmado como Jorge Man

25 de agosto de 1955

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