Valía

Al Señor Don JOSÉ ALFONSO REBOREDA, por sus virtudes de hombre de bien, de auténtica humildad y de abnegado sacrificio, que me conmueven.

“Bienaventurados los humildes, porque de ellos es el reino de los cielos.”
 (Mt. 5, 5)

No es el diamante tal, por ser zarcillo.
Gema preciosa es ya, desde la roca,
y el juicio inoportuno se equivoca
si todo su valer finca en su brillo.

Es ardua perfección. Y en el sencillo
confundirse en la piedra que le apoca,
más prende la ambición con que provoca
el trabajo afanoso del martillo.

Con el mejor diamante se compara,
allí, en la plenitud de la nobleza
el hombre cuya paz, virtud asegura.

Ante quienquiera, la humildad le ampara,
pues no existe en su lengua la altiveza
y cuanto más se oculta, más fulgura.

Buenos Aires, agosto de 1982.


Nota del Autor: en el verso 11º “falsa sinalefa” entre virtud y asegura.

Notas del Revisor:

  1. El mismo soneto podría haberse aplicado a su suegro: Don José María Joaquín Louzao.
  2. Hay una versión original donde la palabra “plenitud” era “madurez” y en el siguiente verso “cuya” es “a quien su”. Me inclino por la versión corregida, porque me resulta obvio que el autor entregó la versión a Reboreda “en cuanto salió del horno”, pero luego se sentó a pulirlo. Y de hecho, es mejor la versión corregida.
  3. Don José Alfonso Reboreda fue presidente del Centro Gallego de Buenos Aires en dos períodos no consecutivos: 1969 – 1970 y 1982 – 1983. La dedicatoria dice verdad: sus gestiones se caracterizaron por la sobriedad y la decencia, que eran su marca personal; siempre se destacó por su profunda vocación de servicio para el sostenimiento de la institución. Era parte de un mundo que entendía que asociarse era un medio para servir mejor a la sociedad, lo que en esta época ya no se ve y es considerado “un modelo caduco”, muy lamentablemente.

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