El espejo mágico

A Lidia y Carlos E. Urquía.

Asombrado quedé, en lo del poeta
que mudó la rutina de un espejo,
devolviendo al que mira, no el reflejo
sino de cuanto ve, dispar faceta.

Aquél quien busque, incrédulo, la treta
con que hubo realizado el aparejo
rendirá, al fin, con ánimo perplejo
la lógica que a leyes se sujeta.

Porque su invento rompe el prosaísmo
y utilizando extraña asimetría
un momento inocente nos regala.

Somete nuestro estúpido egoísmo
y con sutil, benévola ironía,
que en otros nos sepamos ver, señala.

Mayo de 1983


Nota del Revisor: una carta dedicada al poeta Carlos Urquía y su esposa Lidia explica la inspiración para este soneto: en la casa de ellos, en el vano entre el comedor y la sala de estar, se encontraba un vidrio que semejaba un espejo, sin ser tal, sino una suerte de ventanal, donde quien esperaba encontrar su reflejo se encontraba en cambio con la imagen del otro lado, donde mi padre pudo ver a la pareja de amigos junto a mi madre conversando. De ahí el terceto final, una observación de gran profundidad, con la sorpresa de no encontrar lo esperado por lógica: “somete nuestro estúpido egoísmo (el del reflejo), y con sutil, benévola ironía, que en otros nos sepamos ver, señala”.
Asistimos muchas veces a las presentaciones de los libros de poemas de Carlos. A él y a Lidia les tuvimos sincero afecto.

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