El jardín de Cupido

A mi adorada Juvencia, brillante musa inspiradora de este poema.

Sentíme osado, y penetré furtivo
en un jardín de luz, maravilloso,
pleno de encantamiento y colorido,
suaves matices de los más hermosos.

Mi paso ágil, vaciló un instante,
tímido aventuréme en un sendero,
y vi cuajar de rosas y diamantes,
perlas y lirios, mágicos canteros.

Era el ocaso, y el adiós de Febo
en tallos y corolas se mecía,
cubriendo con sus tonos color fuego,
la tibia tarde que languidecía.

La brisa juguetona, entre el follaje
ejecutaba dulce sinfonía,
e inundaba el ambiente del paisaje
un dejo débil de melancolía.

Y ante el destello de las piedras regias
y la fragancia de las bellas flores,
apaciguábase mi alma inquieta
y olvidábanse todos sus dolores.

Mas ¡ay! junto a una fuente cristalina
lo más bonito del jardín se hallaba,
bastando que llegase a mi retina,
que al contemplarlo, se quedó extasiada.

¡Eran las flores de tus labios rojos!
dulces promesas del amor buscado,
que halláronse de pronto ante mis ojos
que crédito no daban, deslumbrados.

Repuesto del asombro, codicioso,
tendí la mano y recogerlas quise,
mas la encantada fuente ante el despojo
tornóse muro de paredes grises.

Al ver así mi voluntad burlada
aún más que antes me quedé perplejo,
y cuando de mi acción contrito estaba
vi que llegaba espléndido cortejo.

Precedido de ninfas y de arqueros
de trono áureo descendió Cupido,
e hirióme el corazón, asaz certero,
un dardo de oro del carcaj salido.

Luego acercóse con resuelto paso,
y al conjuro de música divina,
vi transformar el muro gris y opaco
una vez más, en fuente cristalina.

Levantó el dios su mano poderosa,
y tomando las flores de tus labios
brindómelas, y eran más hermosas
ahora así, que antes de mi agravio.

— “Tómalas pues y oye mi consejo;
liba constante de su amor, dulzura,
son infinitos pétalos sus besos,
mágicas sus caricias de ternura.

 De ti depende su lozana vida
que tus horas de amor irá adornando.”
Y pronto sus palabras concluidas
toda visión se fue de mí esfumando.

Y a cada beso, un pétalo marchito,
del cáliz desprendíase deshecho,
y a pesar de saberlos infinitos
desconsolado sollozó mi pecho.

Firmado como Jorge Man

7 de junio de 1953


Notas del revisor

  1. Cuenta Juvencia en su diario: “Estuvimos en la Ideal y me dio Juan Carlos la poesía más hermosa, titulada “El jardín de Cupido”. Es tan sentida, tan maravillosa que sólo pienso: [será posible que me quiera tanto como yo a él]”. La Ideal era una hermosa y fina confitería de la Buenos Aires clásica, ubicada en la calle Suipacha 384. Actualmente en restauración, se espera reabrirla próximamente con la recuperación de su esplendor original.
  2. Un poema formalmente impecable.

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