Eternidad!

Cuando los nubarrones de tu frente
ensombrecían la mirada viva,
quedabas en un punto, pensativa,
con una lánguida expresión ausente.

Hasta al tiempo, de suyo indiferente,
conmovía la imagen aflictiva
que en su desolación inquisitiva
procuraba una fe angustiosamente.

Entonces, acudía prestamente
e intentando ahuyentar la doble pena
besaba tus mejillas de azucena,

me fundía en tus ojos, dulcemente…
¡Y como un aura del amor profundo
la eternidad pasaba en un segundo!

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